Ir al contenido principal

El peso de las memorias

Oye las plegarias y ve  lágrimas derramarse, todos se acercan, escucha muchas preguntas y muchos "Te vamos a extrañar", pero no reconoce a nadie, si al caso a uno de ellos, cree recordarle de la escuela.
«Si le hubiera hecho caso a mi madre» se lamenta, luego un sentimiento de resignación la invade, con una nube de paz.
 Se llevan su cuerpo, caen las rosas sobre la caja, luego puños de tierra, luego paladas de tierra, y todo cesa, el ruido se queda afuera, dos metros bajo tierra, aguardará quince días para ver a los suyos llorarla, para ver caras conocidas llenarse de humedad, para ver el anhelo fugarse  al comprobar que es ella, al confirmar que la han velado días antes creyéndola otra, ahora, allí, de nuevo hacia la tumba, se lleva las ilusiones de algunos, las esperanzas de hallarla con vida. 
Caen las rosas, caen los puños de tierra, luego paladas de tierra, y todo cesa, el ruido se queda fuera, ahora descansará en paz, ahora se irá de entre los mortales para nunca más volver a sus afanes, a sus calles, a ver a caras conocidas, a no creer más en este mundo frenético, ahora se irá, se apagan los sueños de ser Chef, se van las fantasías. Y camino a casa,  alguien maldice a los cobardes. 
-Que Dios perdone lo que han hecho, y que los castigue el hombre por su cobardía...Si me hubieras hecho caso mija...-  Luego el silencio desnuda los pasos, y se oyen pisadas sobre calles polvosas, de quienes van reviviendo recuerdos,  de gente que va llorando, de gente que va rezando en vos baja, muy baja. Las huellas se hacen más hondas, es el peso de las memorias. 

Boshbol © 2016

Entradas más populares de este blog

La muerte emplumada

El águila se posó sobre el cuerpo de la perdiz, que indefensa y devastada ya por sus heridas, veía impotente su sombrío destino acercarse con rapidez. Con altivez, rascaba la agresora, las hebras del destruido nido, que un día tejiera la ahora maltrecha perdiz con afán. El ave rapaz levantó la cabeza, y echó un vistazo satisfecha ante los escombros que dejó a su paso. Arrogante paseó por entre los destrozos, sabida de su poderío. Agazapadas las demás aves y otros animales pequeños, en silencio escuchaban sus propios huesos resonar temblorosos, sintiendo calambres atar sus músculos. Pasivos consintieron, condescendientes el atropello, sin reparar siquiera, que su pánico alimentaba el ego de la cazadora; alineándose sin saber, en la fila de las víctimas potenciales. Tolerando de momento el actuar violento, con la alegría incipiente, de no estar en tan desfavorable situación. Un depredador se aventaja, y el espanto colectivo, como combustible aviva su poderío como la leña aviva el fueg...

El sapito claustrofóbico

En una calle llena de jacarandas, una mañana de invierno, dos anfibios dialogan sobre el clima, se oía el cantar de las aves, se sentía el vientos bajar de la sierra, trayendo aroma de bosque nuboso. Hablaba la madre sapo a su hijo sapito, mientras se disponía instruirle nuevamente, sobre el arte de la estivación, el cual trata de la habilidad de sobrevivir bajo tierra por períodos largos durante el verano, para luego, emerger con la lluvia durante la época invernal; un conjunto de secretos llevados a la práctica en condiciones extremas. Notó la madre que su bebe sapito, tenía un gesto descompuesto en su rostro marrón. Así que interrogó a su pequeño al respecto. El sapito respondió con un par de rodeos, hasta que se atrevió a decir: -Madre, lo he intentado brevemente, como me haz enseñado en los días pasados, pero siento miedo a permanecer bajo tierra. -¿Cómo? -Interrumpió la madre con una sonrisa de incredulidad. -¿Mi hijo es acaso, claustrofóbico?. -¿Que es claustrofóbico madre? -Pre...

El hedor confunde a las aves.

Confundida, colgada de sus alas, el ave, daba vueltas en el aire en busca de la fuente del hedor. Finalmente planeó hacia una rama de un palo jiote. Al borde del barranco, un zopilote adulto, enderezaba con su pico, algunas de sus plumas desalineadas, mientras con sus juiciosos ojos le observaba, reconociendo una duda en su rostro.  Observarle le recordó su etapa temprana, cuando descubrió la respuesta que al parecer precisaba el joven pájaro. Entonces se acercó para compartirle ese algo que las aves aprenden a tal edad. -Ahora sabes, que la carne podrida huele igual que algunas conciencias humanas, poco a poco serás  tan hábil como para evitar distraerte y perder tiempo con ese hedor tan parecido. Incrédulo, el joven zopilote, se maravillaba con tal similitud. ¿Quién hubiese creído que las conciencias, al igual que la carne muerta se pudren, y que el hedor confunde a las aves?. Glin Oliva