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La muerte emplumada

El águila se posó sobre el cuerpo de la perdiz, que indefensa y devastada ya por sus heridas, veía impotente su sombrío destino acercarse con rapidez. Con altivez, rascaba la agresora, las hebras del destruido nido, que un día tejiera la ahora maltrecha perdiz con afán. El ave rapaz levantó la cabeza, y echó un vistazo satisfecha ante los escombros que dejó a su paso. Arrogante paseó por entre los destrozos, sabida de su poderío. Agazapadas las demás aves y otros animales pequeños, en silencio escuchaban sus propios huesos resonar temblorosos, sintiendo calambres atar sus músculos. Pasivos consintieron, condescendientes el atropello, sin reparar siquiera, que su pánico alimentaba el ego de la cazadora; alineándose sin saber, en la fila de las víctimas potenciales. Tolerando de momento el actuar violento, con la alegría incipiente, de no estar en tan desfavorable situación. Un depredador se aventaja, y el espanto colectivo, como combustible aviva su poderío como la leña aviva el fueg...

El hedor confunde a las aves.

Confundida, colgada de sus alas, el ave, daba vueltas en el aire en busca de la fuente del hedor. Finalmente planeó hacia una rama de un palo jiote. Al borde del barranco, un zopilote adulto, enderezaba con su pico, algunas de sus plumas desalineadas, mientras con sus juiciosos ojos le observaba, reconociendo una duda en su rostro.  Observarle le recordó su etapa temprana, cuando descubrió la respuesta que al parecer precisaba el joven pájaro. Entonces se acercó para compartirle ese algo que las aves aprenden a tal edad. -Ahora sabes, que la carne podrida huele igual que algunas conciencias humanas, poco a poco serás  tan hábil como para evitar distraerte y perder tiempo con ese hedor tan parecido. Incrédulo, el joven zopilote, se maravillaba con tal similitud. ¿Quién hubiese creído que las conciencias, al igual que la carne muerta se pudren, y que el hedor confunde a las aves?. Glin Oliva 

El despertar, liberación de un reino hechizado

Existió hace ya un tiempo una hermandad oscura, de recetas para enceguecer, para atontar, para convertir humanos en zombis, de conjuros y pactos mórbidos que tornaban a los pobladores, en carentes de voluntad, en ajenos a la realidad, en lunáticos paranoicos, en temerosos.  Érase una banda de brujas, cuyos conjuros hechizaban las arcas del reino, los bosques verdes, las cuevas doradas, los lagos azules, los mercados, los campos y a los habitantes de aquel lugar.  Allá, trascurrían los sombríos días uno tras otro, como repitiéndose cada uno de ellos, casi podía decirse que no se vivían muchos días, sino que se vivían muchas veces el mismo. La multitud había caído en desinterés por las situaciones colectivas, querían cada cual ver solo el derecho de su nariz, era toda aquella desilusión y apatía, producto de los pesados hechizos.  El abrumador efecto del embrujo, terminó por desesperar hasta al más paciente, así como no se ha visto nunca un mal que dure cien años, este ...

Clarita va a la playa

En el centro del país, entre sierras y ríos, queda el pueblo donde Clarita vive. Muchas especies de pájaros cantan en los árboles de esa verde región: Quetzales, pericas, sanates, loros, guardabarrancos, gorriones, chejes. Por sierras y valles paseaba Clarita a través de muchos paisajes distintos.  Un día, en un libro, encontró algo diferente, una “Playa”. Fascinada con la fauna marina, la arena y la inmensidad del mar, pidió a su abuelo la llevara de paseo a la playa más cercana.  Había desde allí, casi la misma distancia hacia el océano Atlántico que hacia el océano Pacífico. Decidieron junto al abuelo, ir hacia el Pacífico, donde vería por vez primera, a las gaviotas, los cangrejos, los peces, nadaría en agua salada y conocería muchas otras cosas. En su viaje hacia el mar, pasó por la capital, llena de edificios enormes y recorrida por vehículos que como hormigas alborotadas, viajaban hacia lugares distintos a un ritmo acelerado. Lejos ya de la ciudad, experimentó poco a po...

La araña

A una araña, que habitaba en un rosal plantado dentro de una maceta, como un pequeño hábitat verde y frondoso, le parecía esto, un gran dominio; y juzgaba todo acorde a su percepción del mismo. Un día,  llevada por el viento, voló lejos, suspendida por el levitar electrostático de sus hilos de seda. Así, llegó  por casualidad a una arboleda; maravillada por la abundancia de otras especies vegetales y las dimensiones de los espacios extraños, estimó entonces a su antiguo mundo como pequeño, como pequeñas le parecieron las ideas que del mismo provenían; que hasta ese entonces eran para ella verdades absolutas. Allí, frente a la inmensidad novedosa, dejó caer sus viejas convicciones, abrió ampliamente los ojos y de igual manera dispuso su mente, para dar cabida a la nueva realidad.  Se sintió pequeña ante un escenario de tales dimensiones y el cambio le llevó a  especular sobre un panorama todavía más grande, mucho mas que su vieja maceta, más grande incluso que el...

Acelerando

Fue durante un atardecer lluvioso y nublado, que escuché por vez primera hablar sobre los viajeros, que iban por distintas épocas de la existencia. El relator de aquellas historias, que de momento me parecieron tan fascinantes, era nada más y nada menos que un anciano, el cual se hallaba interno en el hospital donde yo trabajaba como enfermero, un hospital de locos, y, por ello no podía tomar con seriedad tales afirmaciones viniendo de un paciente de aquel lugar. El caso era que: el anciano que por nombre tenia el de Benjamín, relataba aquellas historias con tal seriedad y emoción que daban la impresión de ser reales. El jefe de los enfermeros, me alejaba de aquel anciano cada vez que se percataba de nuestras charlas, que con el correr del tiempo se habían hecho cada vez más frecuentes. Según el jefe de enfermería, el hecho de profundizar en diálogos con los pacientes podía terminar alejándome de la realidad. Y para ser franco, al principio a mi también me parecieron descabelladas sus...

Se le subió el muerto a la moto

Ya pasadas las doce, salió Victor del centro de Salamá, trabajaba de mesero en un restaurante, rodeaba por el parque, hacía una mueca de medio santiguarse frente a la iglesia y jalaba el acelerador mientras veía uno que otro transeúnte por los alrededores. En medio del manto de la noche veía los puentes La Libertad y El de Tablas, más adelante, en su camino aparecía la Escuela Federal, llena de recuerdos de infancia. Así iba dejando atrás el pueblo, rasgando las sombras del paisaje nocturno, con la luz del farol de su vehículo. Ya por el puente Salamá, pasó por el punto más sombrío,  cerca de un gran  árbol de amate, estaba oscuro a más no poder, como cualquier noche sin luna, y los árboles con su fronda, teñían aún mas el suelo de penumbra con las sombras de sus copas. Entrando al puente estaba, cuando sintió como si alguien más viajara en la moto, sin que los amortiguadores se comprimieran o la máquina disminuyera ni levemente la velocidad  de la marcha, sintió frío en ...