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Entradas

El sapito claustrofóbico

En una calle llena de jacarandas, una mañana de invierno, dos anfibios dialogan sobre el clima, se oía el cantar de las aves, se sentía el vientos bajar de la sierra, trayendo aroma de bosque nuboso. Hablaba la madre sapo a su hijo sapito, mientras se disponía instruirle nuevamente, sobre el arte de la estivación, el cual trata de la habilidad de sobrevivir bajo tierra por períodos largos durante el verano, para luego, emerger con la lluvia durante la época invernal; un conjunto de secretos llevados a la práctica en condiciones extremas. Notó la madre que su bebe sapito, tenía un gesto descompuesto en su rostro marrón. Así que interrogó a su pequeño al respecto. El sapito respondió con un par de rodeos, hasta que se atrevió a decir: -Madre, lo he intentado brevemente, como me haz enseñado en los días pasados, pero siento miedo a permanecer bajo tierra. -¿Cómo? -Interrumpió la madre con una sonrisa de incredulidad. -¿Mi hijo es acaso, claustrofóbico?. -¿Que es claustrofóbico madre? -Pre...

La muerte emplumada

El águila se posó sobre el cuerpo de la perdiz, que indefensa y devastada ya por sus heridas, veía impotente su sombrío destino acercarse con rapidez. Con altivez, rascaba la agresora, las hebras del destruido nido, que un día tejiera la ahora maltrecha perdiz con afán. El ave rapaz levantó la cabeza, y echó un vistazo satisfecha ante los escombros que dejó a su paso. Arrogante paseó por entre los destrozos, sabida de su poderío. Agazapadas las demás aves y otros animales pequeños, en silencio escuchaban sus propios huesos resonar temblorosos, sintiendo calambres atar sus músculos. Pasivos consintieron, condescendientes el atropello, sin reparar siquiera, que su pánico alimentaba el ego de la cazadora; alineándose sin saber, en la fila de las víctimas potenciales. Tolerando de momento el actuar violento, con la alegría incipiente, de no estar en tan desfavorable situación. Un depredador se aventaja, y el espanto colectivo, como combustible aviva su poderío como la leña aviva el fueg...

El hedor confunde a las aves.

Confundida, colgada de sus alas, el ave, daba vueltas en el aire en busca de la fuente del hedor. Finalmente planeó hacia una rama de un palo jiote. Al borde del barranco, un zopilote adulto, enderezaba con su pico, algunas de sus plumas desalineadas, mientras con sus juiciosos ojos le observaba, reconociendo una duda en su rostro.  Observarle le recordó su etapa temprana, cuando descubrió la respuesta que al parecer precisaba el joven pájaro. Entonces se acercó para compartirle ese algo que las aves aprenden a tal edad. -Ahora sabes, que la carne podrida huele igual que algunas conciencias humanas, poco a poco serás  tan hábil como para evitar distraerte y perder tiempo con ese hedor tan parecido. Incrédulo, el joven zopilote, se maravillaba con tal similitud. ¿Quién hubiese creído que las conciencias, al igual que la carne muerta se pudren, y que el hedor confunde a las aves?. Glin Oliva 

El despertar, liberación de un reino hechizado

Existió hace ya un tiempo una hermandad oscura, de recetas para enceguecer, para atontar, para convertir humanos en zombis, de conjuros y pactos mórbidos que tornaban a los pobladores, en carentes de voluntad, en ajenos a la realidad, en lunáticos paranoicos, en temerosos.  Érase una banda de brujas, cuyos conjuros hechizaban las arcas del reino, los bosques verdes, las cuevas doradas, los lagos azules, los mercados, los campos y a los habitantes de aquel lugar.  Allá, trascurrían los sombríos días uno tras otro, como repitiéndose cada uno de ellos, casi podía decirse que no se vivían muchos días, sino que se vivían muchas veces el mismo. La multitud había caído en desinterés por las situaciones colectivas, querían cada cual ver solo el derecho de su nariz, era toda aquella desilusión y apatía, producto de los pesados hechizos.  El abrumador efecto del embrujo, terminó por desesperar hasta al más paciente, así como no se ha visto nunca un mal que dure cien años, este ...

Clarita va a la playa

En el centro del país, entre sierras y ríos, queda el pueblo donde Clarita vive. Muchas especies de pájaros cantan en los árboles de esa verde región: Quetzales, pericas, sanates, loros, guardabarrancos, gorriones, chejes. Por sierras y valles paseaba Clarita a través de muchos paisajes distintos.  Un día, en un libro, encontró algo diferente, una “Playa”. Fascinada con la fauna marina, la arena y la inmensidad del mar, pidió a su abuelo la llevara de paseo a la playa más cercana.  Había desde allí, casi la misma distancia hacia el océano Atlántico que hacia el océano Pacífico. Decidieron junto al abuelo, ir hacia el Pacífico, donde vería por vez primera, a las gaviotas, los cangrejos, los peces, nadaría en agua salada y conocería muchas otras cosas. En su viaje hacia el mar, pasó por la capital, llena de edificios enormes y recorrida por vehículos que como hormigas alborotadas, viajaban hacia lugares distintos a un ritmo acelerado. Lejos ya de la ciudad, experimentó poco a po...

La araña

A una araña, que habitaba en un rosal plantado dentro de una maceta, como un pequeño hábitat verde y frondoso, le parecía esto, un gran dominio; y juzgaba todo acorde a su percepción del mismo. Un día,  llevada por el viento, voló lejos, suspendida por el levitar electrostático de sus hilos de seda. Así, llegó  por casualidad a una arboleda; maravillada por la abundancia de otras especies vegetales y las dimensiones de los espacios extraños, estimó entonces a su antiguo mundo como pequeño, como pequeñas le parecieron las ideas que del mismo provenían; que hasta ese entonces eran para ella verdades absolutas. Allí, frente a la inmensidad novedosa, dejó caer sus viejas convicciones, abrió ampliamente los ojos y de igual manera dispuso su mente, para dar cabida a la nueva realidad.  Se sintió pequeña ante un escenario de tales dimensiones y el cambio le llevó a  especular sobre un panorama todavía más grande, mucho mas que su vieja maceta, más grande incluso que el...

Acelerando

Fue durante un atardecer lluvioso y nublado, que escuché por vez primera hablar sobre los viajeros, que iban por distintas épocas de la existencia. El relator de aquellas historias, que de momento me parecieron tan fascinantes, era nada más y nada menos que un anciano, el cual se hallaba interno en el hospital donde yo trabajaba como enfermero, un hospital de locos, y, por ello no podía tomar con seriedad tales afirmaciones viniendo de un paciente de aquel lugar. El caso era que: el anciano que por nombre tenia el de Benjamín, relataba aquellas historias con tal seriedad y emoción que daban la impresión de ser reales. El jefe de los enfermeros, me alejaba de aquel anciano cada vez que se percataba de nuestras charlas, que con el correr del tiempo se habían hecho cada vez más frecuentes. Según el jefe de enfermería, el hecho de profundizar en diálogos con los pacientes podía terminar alejándome de la realidad. Y para ser franco, al principio a mi también me parecieron descabelladas sus...

Se le subió el muerto a la moto

Ya pasadas las doce, salió Victor del centro de Salamá, trabajaba de mesero en un restaurante, rodeaba por el parque, hacía una mueca de medio santiguarse frente a la iglesia y jalaba el acelerador mientras veía uno que otro transeúnte por los alrededores. En medio del manto de la noche veía los puentes La Libertad y El de Tablas, más adelante, en su camino aparecía la Escuela Federal, llena de recuerdos de infancia. Así iba dejando atrás el pueblo, rasgando las sombras del paisaje nocturno, con la luz del farol de su vehículo. Ya por el puente Salamá, pasó por el punto más sombrío,  cerca de un gran  árbol de amate, estaba oscuro a más no poder, como cualquier noche sin luna, y los árboles con su fronda, teñían aún mas el suelo de penumbra con las sombras de sus copas. Entrando al puente estaba, cuando sintió como si alguien más viajara en la moto, sin que los amortiguadores se comprimieran o la máquina disminuyera ni levemente la velocidad  de la marcha, sintió frío en ...

Al Güicho se le apareció la Llorona en el Orotapa.

Como era viernes y el cuerpo de Güicho lo sabía... salió del chance con rumbo automático hacia el punto de reunión de todos los viernes, ya no era soltero pero las costumbres no se dejan de un día pa otro, así que iba pensando, que es mejor pedir perdón que permiso, a la mujer seguro se le pasaba el enojo de la noche a la mañana. Como todos los amigos eran algo coches pal guaro, después de doce rondas, diez platos de nachos y dos de chicharrones, se fue en la parrilla como tercer ocupante de la moto del Carechucho, que aunque imprudente y loco pa la manejada seguía vivo después de varios accidentes por andar bolo y en moto (pésima combinación), pero como fuera, le dio jalón pa la casa y allá iban, ya bien alegres, soltando los eructos del mix de nachos, chicharrones y guaro. Como el Carechucho iba algo preciso, lo dejó en la bajada del colegio, justo a cien metros del riachuelo, que como era invierno tenía un poquito de corriente y una que otra poza con ranas, pupos y tepocates. El Güi...

La pócima, un cuento inconcluso…

Muchos tenían ya en su organismo parte de la amenaza, envuelta en un manto verde fluorescente que la ataba. Esto permitiría a sus cuerpos estudiarla y asimilarla, fortaleciéndoles para cuando otra de ellas les atacara.  El hechicero les había brindado una pócima a manera de favor para que sobrevivieran a la peste que castigaba a la comarca a cambio de unas monedas de oro. Hacía unos días, un mago lector de espejos llamado Diafanobi, les había compartido información de rumbos lejanos, sospechas de que aquel hechicero había liberado una oleada de amenazas, para ofrecer como falso bienhechor, la esperanza liberadora a cambio de unas piezas de valioso metal. Yaopin, el hechicero, cuyo rostro inexpresivo escondía su oscura maldad, traía a este lejano mundo un halo de esperanza al cual era imposible rehusarse, hasta los más testarudos doblegaban su voluntad ante la mortandad, a pesar de la desconfianza, veían en el brebaje, una salida a tan mortal embate. Quienes tomaran la pócima, debía...

La tristeza del diablo

Estaba el diablo así de pintoresco como lo pintan,  en chancletas, mirando al horizonte con las manos en la quijada y los codos sobre el balcón, hallábase finalmente compadecido, tanto, que decidió tomar todo el oro.  Viendo a los habitantes de alguna época de aquella esfera mundana. Viendo como la codicia arrasaba con todo, con el afán de acaparar el deslumbrante metal.  Quizá le entretenía tanto el desbocado mundo, y encariñado con su juguete favorito temía perderlo. Este era su mundo, su reino, ¿y qué es un rey sin un reino, sino un triste personaje?, o quizá en su podrida y oscura alma, una pavesa encendida de bondad hizo el viaje hasta su inflamable temperamento y consiguió que ardiera el fuego de la compasión. Y así al ver a su mascota favorita, el humano, jugando al poderoso, atentando contra su propia existencia, tomó una resolución.  Resolvió entonces tomar el oro, cuanto pudo encontrar, derritió todo y con un despliegue de poder sobrenatural, levantó la sup...

El ronrón suicida

Un día más es siempre un día menos,  ciegamente caminamos hacia caminos temidos, constantemente jugueteando con la vida y la muerte, despreciando a una y temiendo a las dos, pensó el ronrón, luego sorbió.  -Hubo una vez un ronrón insensato, cuyos hábitos suicidas le arrastraban hacia la tumba de manera prematura. Su corazón  amenizaba como bombo de banda su paso vacilante, mientras él, con su cuerpo adormecido y sus alas atrofiadas luchaba por conservar el equilibrio.  Al prieto ronrón Le gustaba lamer veneno, de a poquito, para morir lentamente, le hacía perder la razón, suficiente para alucinar  pero no para expirar de golpe; su muerte era lenta, un masoquismo  pausado, un habito oscuro que le llevaba a la muerte  en una procesión de culpa e insensatez. Adelantada, una carroza le esperaba aunque su cadencia fuera lenta, en medio de un juego macabro de autodestrucción. Arrastrando sus patas adormecidas, rallando el piso, lento y zigzagueante, su mover...

Purgatorio, planeta Tierra

El hallazgo A sus 65 años, jubilado, Raúl estaba incorporando a su vida un pasatiempo, así que se compró un detector de metales, radicaba en un complejo residencial en desarrollo, un terreno muy amplio, situado en las afueras de la ciudad, un espacio rural que con el tiempo habría de ser absorbido por la urbanización. La locación era un área boscosa, un bosque seco, poco tocado por la mano del hombre. Por las mañanas, se alejaba con sus perros y su detector; había durante un mes, colectado algunas monedas y objetos perdidos por los posibles compradores de lotes, llevados allí como clientes potenciales por los vendedores del proyecto inmobiliario. Pero ese día iba ser diferente.  El aparato se volvió ruidoso en señal de haber encontrado algo, Raúl se lanzó de inmediato hacia el lugar señalado por el dispositivo. Era un cilindro de metal cubierto  de óxido , aún así, su contenido estaba íntegro ; papeles enrollados uno sobre otro. El texto era enigmático. Horas más tarde, c oloc...

¡Mejor no hubieras estudiado nada...!

Recuerdo cuando te mandaron a estudiar a la capital, de cuando pocos iban de internados, eras la esperanza de tu familia, de brincar la escala convencional de siempre y destacar entre tu gente, tu papá  le contaba a todos, orgulloso de tus estudios, algunos le envidiaban, otros sin impresionarse tanto, igual le felicitaban por hacer el sacrificio de mandarte al pueblón.  Luego que llegaras de vuelta con diploma y todo, te dio por la política y después de aprender a escalar peldaños siendo un ejemplar achichincle, llegó tu nominación, y mareado por los vapores embriagantes del poder, empezaste tu vertiginosa caída en los drenajes del sistema. Hoy que fuimos a visitarte los amigos del barrio, llevábamos un entusiasmo de antaño, durante el recorrido hablamos de las hazañas de cuando éramos niños, pensamos ingenuamente que el antiguo vínculo de camaradería de aquel entonces te motivaría. Aquel nos va apoyar con eso de la liga deportiva, los patojos se pondrán contentos de que o...

El maleficio de la banda

     Llegó el candidato aparentando sencillez, sacudiendo de su chaqueta el polvo que levantó al aterrizar el helicóptero. Luego subió a la tarima y pronunció una ensarta de verdades, contrapuestas a muchas promesas.       Veía a la gente a los ojos, y ante su pobreza se identificaba, les tomaba de la mano, les abrazaba y vestía de inmediato los regalos de indumentaria que la gente le alcanzaba. No seré uno más, decía. Seré, si me lo permiten, uno de ustedes que luche hombro a hombro. Luego se fue; con el tiempo le colocaron la banda de autoridad. Y fue, como si esa maldita banda, tuviera en ella la ceguera de muchos, que antes que él la vistieron. Invadió su mente, una niebla de décadas que oscureció su poca razón y patriotismo.      Pero al mismo tiempo, gracias a la oscura magia de la banda presidencial, le llovían propuestas de negocios, iniciativas fructíferas, proyectos de primer mundo; la crema y nata de allá, le acogió en lo m...

La equis bajo sus zapatos

Al finalizar su alegato, armado de retórica legal, encontró sus argumentos y dicción sumamente loables, estaba en el inicio de una buena racha. El camino había sido largo, cientos de horas, marañas de tesis y discursos, artefactos de tinta y papel vehículos de ideas y soliloquios atrapados entre fibras vegetales.  En su mente, junto a las suyas, estaban las ideas de Aristóteles, Cicerón, Coke, Bentham, Beccaria, Couture, Enterría… y bajo esa tutela académica internacional de muchos textos,  generó,  durante días soleados o grises y noches repletas de sombras que atestiguaban sus jornadas de estudio,  juicios rutilantes  que emanaban a capricho con el rítmo de su elocuencia .  Ahora, parado frente al juez, escuchando el ruido de sus zapatos de piel en un mecer casi imperceptible, mientras su inseguridad se asfixiaba con la confirmación del éxito luego de ganar su primer juicio, sonrió, recordó los momentos a solas con aquellos libros que a manos llenas l...

El camino al progreso

Todos estaban fascinados, se asomaban a la orilla cuando les era posible, quería cada uno, ser testigo de la construcción de lo que según los discursos, era el camino por el cual llegaría el progreso. Se invirtió una suma enorme, se pospuso construir una escuela, se sacrificó de momento el centro de salud y los trabajos de drenaje que la gente reclamaba hacía tiempo.  Flavio el sastre, Zoila la costurera, Mario el agricultor y mucha gente más vino queriendo ser parte del acontecimiento. Cuando jóvenes, sus  papás les habían contado que un día llegaría,  también lo habían escuchado en la radio. En septiembre se inauguró, con bombos, platillos, cohetes de vara y una multitud que no cabía de contenta. El año siguiente, hubo que arreglarle el desagüe, el siguiente, se adicionaron fortificaciones para evitar derrumbes, el tercer año, se nivelaron varios tramos dañados por las copiosas lluvias y el uso, el cuarto año, se agregó un tramo nuevo. Los comerciantes, movían su mer...

El brinco al Norte

Tamaulipas está a miles de kilómetros de Guatemala, el viaje fue una combinación de un plan que funcionó y un puñado de buena suerte, quizá más suerte que otra cosa.  Habíamos pasado ya dos días esperando en una casa adentrada sobre un camino rural en alguna parte de Matamoros, secuestrados, aunque al inicio pensamos que nos reuniríamos con el grupo y que todo sería un viaje compartido, al llegar dejamos de ser viajeros y nos convertimos en rehenes con la obligación de pagar cinco mil dólares ($ 5,000) al otro lado de la frontera.     Los vecinos nos miraban con desagrado cada que nos asomábamos a la ventana, durante el día el calor era sofocante y en la madrugada el frío se colaba por toda la construcción. El coyote hablaba cada que podía sobre el viaje, se reunía en privado para convencer a cada uno de que viajar con dinero o joyas era peligroso, ofrecía además una balsa para los que no pudieran nadar, y a los que podían los asustaba con que el río estaba dragado...